El día después del virus


Ante los terribles acontecimientos que están diezmando la moral de los españoles cabe hacer una reflexión filosófica. España es uno de los países más afectados por el virus a nivel mundial y, según avalan los datos, la gestión de nuestro gobierno está siendo insuficiente. Implantar medidas tan restrictivas de confinamiento supone aceptar una crisis económica que, sin lugar a duda, acarreará un conflicto social sin precedentes.

Para tratar de impedir que el descontento social que se desencadenará una vez superada la crisis sanitaria afecte a la calidad de nuestra democracia, debemos hacer un esfuerzo por mantenernos al margen de todas las mentiras y sofismas que circulan por las redes sin freno. Es imprescindible, para el correcto funcionamiento de nuestro sistema democrático, que no sucumbamos ante las proclamas populistas de un sector de la derecha que, al igual que ocurrió en 1929 o en 2008, se erige como una especie de Cirujano de hierro dispuesto a espantar los fantasmas de la depresión económica. La situación política es, cuanto menos, desoladora. Por un lado, la deslealtad y la intransigencia que, en todo momento, han demostrado los líderes independentistas catalanes y, por otro lado, el discurso ultranacionalista de la extrema derecha. La situación es grave y la capacidad de reacción del gobierno, hasta el momento, ha sido escasa. El ejecutivo presidido por Sánchez acumula una serie de errores imperdonables. El que encabeza la lista y al que debemos prestar mayor atención es la mentira, seguida de la falta de reconocimiento de responsabilidades y acompañada del intento de blanquear la imagen del Presidente. Un episodio aciago de la historia política española. Los fantasmas ultranacionalistas y populistas, que aparecieron tras la crisis de 2008 y asolan países como Hungría, EEUU, Brasil o Grecia, solo podrán ser disipados con la expresión de una mayor y mejor cultura democrática de nuestros políticos y conciudadanos.

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Esta crisis también puede servir los intereses de algunos lideres políticos con afán totalitario. Con el pretexto de luchar contra el virus, algunos gobiernos concentran poder en cantidades que no les corresponden y, como ya está ocurriendo, esto amenaza el Estado de derecho. Con objeto de controlar la expansión de la pandemia, las instituciones públicas recurren a nuevas técnicas de control social. El empleo de nuevas tecnologías permite al Estado acceder a información que hace décadas era imposible recabar. A través del uso de pulseras biométricas el Estado podrá monitorizar el pulso, la tensión o el ritmo cardiaco, por lo que, como la ciencia ha demostrado que las emociones son fenómenos biológicos, un Hermano Mayor podrá estar controlando lo que siente la gente, por ejemplo, al escuchar un discurso del Gran líder. Me preocupa estudiar las funestas consecuencias que puede desprender una realidad como esta en una sociedad como la norcoreana, donde no hay un Estado de derecho o seguridad jurídica de ningún tipo. Entonces, concluyo que la solución pasa por una monitorización recíproca por parte del Estado y la ciudadanía. Nosotros seremos monitorizados para evitar una catástrofe mayor, pero a cambio los entes públicos y el Gobierno tendrían que ser totalmente transparentes. Aún así, gozaríamos de mayores garantías si el tratamiento de esta información lo llevase a cabo una Institución independiente encargada de gestionar catástrofes naturales.

Por último, me gustaría concluir reconociendo la labor científica frente a la especulación. Últimamente estamos siendo testigos de como parte de la población resta crédito a la comunidad científica en asuntos tan importantes como el cambio climático o la amenaza nuclear. El pasado jueves se retransmitió en televisión una conversación entre Iñaki Gabilondo y Yuval Noah Harari, uno de los autores de referencia de las ciencias sociales y humanísticas en la actualidad. Harari destacaba el papel de las Iglesias de todo el mundo que confiando en el rigor de los expertos científicos, aconsejan a los fieles que no acudan a los lugares de culto. En la Edad Media, cuando la Peste asoló Europa, una pandemia se atribuía a un castigo divino. Esto sin duda representa un cambio de paradigma que deberíamos reconocer. 

Espero que sepamos extraer las conclusiones pertinentes de esta crisis; nuestros gobernantes deben proteger la democracia de sus enemigos populistas con la única arma de la verdad mediante la palabra (me remito a Platón), debemos controlar a nuestros gobiernos y defender el Estado de derecho y no debemos olvidar las amenazas de las que nos advierte el sector científico. 


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